Hace un tiempo en un almuerzo de colegas disímiles hablábamos de temas etéreos para distraernos, sale alguna recomendación literaria y la charla deriva a esos libros horribles que nos encorsetaron la adolescencia a través de la materia lengua y literatura. El tema era un viejo conocido mío y tenía ya posición tomada por lo que emití mi opinión al descuido, no lo suelo hacer, mis opiniones tratan de seguir la corriente porque no me gusta molestarme en hacerme entender. Estoy en contra de que se “enseñe” literatura a través de textos rancios ajenos, ajenísimos a nuestras experiencias, cito: El libro del buen amor, Marianela, El cantar del Mio Cid, ¿Qué es eso? ¿Un abierto desafió; a que nunca más tocás un libro? Porque son densos, aburridos, horripilantes, sin negar que son joyas de la literatura, no son una primera cita ideal. Ese es mi argumento mejor empezar por algo que tenga eco en uno mismo, que me permita abrir mis propias búsquedas, algo local, contextuado, algo irónico o desafiante, dependiendo de la edad y el estilo del adolescente. Había largado la primera parte cuando uno de mis interlocutores me espeta un ¿Y porque?, ¿porque locales, por simple chauvinismo, nacionalismo? Y ahí me acordé, yo no discuto, yo no explico, a menos que me estén pagando por eso o que me reporte algún beneficio, y no reportaba nada. Me calle luego de un escueto no.
Acá va el porque que ya había adelantado. Leer es plantear un encuentro entre el lector contextuado y una serie de eventos que confluyen en el libro: la intención del autor, el contenido manifiesto del libro, la época, el estilo, la edición, etc. El libro es un fenómeno complejo. Leer enriquece, de eso no hay duda, aunque hay encuentros más felices que otros. Todos querríamos que nuestros encuentros amorosos fuesen una larga fila de deleites y diversión, obvio, pero también sabemos que de tanto en tanto tragamos sapo. Ahora en el principio la cosa es más seria, los primeros encuentros tienen que ser mas o menos buenos para que después no quedemos cruzados, idealmente los primeros encuentros con la literatura se darían antes de aprender a leer, pero eso pasa poco, casi nunca. Y la necesidad de leer es mucho menos fuerte que la necesidad de buscar amor, ni se compara. Por eso si ante un adolescente forzado a un encuentro el docente ofrece un tomo incomible de los austeros de la literatura extranjera y de otro siglo lo que esta garantizando es que ese adolescente se cruce con la literatura, así de simple y para siempre: FRIGIDEZ LECTORA. La terrible incapacidad de sentir placer a través de la lectura inflingida por los docentes que ejecutan cotidianamente un abuso literario.
Esto que articulo ahora no es producto de la ira sino de la tristeza, leyendo un gran autor argentino contemporáneo recordé, cuantos amigos y conocidos podrían haberse salvado de ese mal, cuanto amor desperdiciado.
Acá va el porque que ya había adelantado. Leer es plantear un encuentro entre el lector contextuado y una serie de eventos que confluyen en el libro: la intención del autor, el contenido manifiesto del libro, la época, el estilo, la edición, etc. El libro es un fenómeno complejo. Leer enriquece, de eso no hay duda, aunque hay encuentros más felices que otros. Todos querríamos que nuestros encuentros amorosos fuesen una larga fila de deleites y diversión, obvio, pero también sabemos que de tanto en tanto tragamos sapo. Ahora en el principio la cosa es más seria, los primeros encuentros tienen que ser mas o menos buenos para que después no quedemos cruzados, idealmente los primeros encuentros con la literatura se darían antes de aprender a leer, pero eso pasa poco, casi nunca. Y la necesidad de leer es mucho menos fuerte que la necesidad de buscar amor, ni se compara. Por eso si ante un adolescente forzado a un encuentro el docente ofrece un tomo incomible de los austeros de la literatura extranjera y de otro siglo lo que esta garantizando es que ese adolescente se cruce con la literatura, así de simple y para siempre: FRIGIDEZ LECTORA. La terrible incapacidad de sentir placer a través de la lectura inflingida por los docentes que ejecutan cotidianamente un abuso literario.
Esto que articulo ahora no es producto de la ira sino de la tristeza, leyendo un gran autor argentino contemporáneo recordé, cuantos amigos y conocidos podrían haberse salvado de ese mal, cuanto amor desperdiciado.
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