martes, 12 de diciembre de 2006

Natalia cuando te vayas.

Natalia cuando te vayas.

Irene se levanto a atender el timbre. La mesa estaba puesta con mantel largo, de fiesta, con puntilla en el borde. La puntilla estaba ya amarillenta pero el mantel todavía se la bancaba. Arriba de la mesa estaba el juego de porcelana, las copas del cristalero y la mayor parte de los cubiertos de plata. La panera era de mimbre pero la había disimulado con una de las servilletas. Levantarse no era nada sencillo, primero se giro en la silla, tomo el bastón colgado en el respaldo, después de hacer un par de intentos logro el envión necesario para incorporarse.
La sirvienta entreabrió la puerta vaivén de la cocina, llevaba el uniforme negro, para cuando venían visitas, vio a Irene atravesar la sala arrastrando su pie hinchado y no quiso incomodar.
Cuando Irene llego a la puerta ya habían tocado el timbre unas tres veces más. Con toda parsimonia ella comenzó a destrabar la puerta, desde arriba hasta abajo, una colección de trabas, llaves, cadenitas y pomelas. El ruido debió haber alertado al que esperaba del otro lado por que se hizo un silencio incomodo hasta que la puerta se abrió. El caballero tras la puerta bajo la cabeza buscando la mirada de Irene y sonrió, su altura duplicaba la de la anciana y el aspecto era radicalmente disímil, ella disimulando la vejez de sus ropas y acomodándose los dientes postizos con la lengua, el impecable, su traje negro, corbata gris y una sonrisa ganadora, confiada, que arrasaba en el bar después de las siete.
Irene lo hace pasar, él le entrega un ramo de flores, unas masas para el café, comenta que hace calor, se quita el saco. Ella lentamente acomoda lo que tiene entre manos con la ayuda de la sirvienta que paso silenciosamente, discreta e invisible salvo para dirigirle una sonrisa soñadora al hombre, sobrino, nieto, algo de la señora, Carlos a secas.
Carlos apabulla con relatos de oficina y se sienta. La sirvienta solícita alcanza los tragos, Irene le indica que traiga la entrada. Se sientan en los extremos de la mesa del comedor, mesa larga y sólida pensada para muchos más que dos. Vuelve con la entrada y sirve y distraída se trajo de la cocina el sifón, la censuran y la mandan a pasar la soda a una jarra. Carlos en tanto terminó con las anécdotas y espera paciente que terminen de arreglarse las mujeres. Cuando la empleada vuelve a la cocina Carlos hace un silencio forzado. A Irene le brillan los ojos. – Vos querés que yo te siga contando de cuando yo era joven…- Carlos asiente.
Entretenida Irene habla de su juventud, un poco hippie, un poco revolucionaria, de a ratos anarquista, luego feminista rabiosa, llegó a ser ecologista pero ya estaba vieja, cuenta de mítines, reuniones, recitales. Carlos esta atento se diría que memoriza todo, salvo un par de sonrisas de compromiso se muestra serio compenetrado en el relato deshilachado y un poco inconexo de Irene.
Carlos aprovecha la pausa que hace Irene para explicarle a la empleadaza como servir el helado y se agacha, se arregla las medias, estira el pantalón y guarda el revolver cargado bajo la servilleta. Irene, le indica que traiga las masas de Carlos también, Carlos les dirige a ambas la sonrisa ganadora. – Trae las masas y el helado y tené todo listo, que si no después no vamos a tener tiempo…- La empleada sale de vuelta para la cocina, Irene vuelve a la conversación pero como es de esperar ya no recuerda de que estaban hablando. A Carlos no parece importarle, se pone de pie y levanta el arma – Hasta ahora todo muy bien, pero usted no es ni la mitad de útil de lo que parece… Un chasquido lo interrumpe se lleva la mano al cuello y mira hacia la cocina por sobre el hombro de Irene que esta inmóvil, un segundo chasquido y Carlos cae al piso. Irene se asoma a mirar el cuerpo apoyándose sobre la mesa, la sirvienta deja la bandeja con el helado y las masas. Irene le reprocha – Te podría haber bastado con uno. – La empleada amoscada murmura algo sobre lo difícil que es hacer equilibrio con una bandeja y le entrega el arma. Irene toma una masita de la bandeja y camina lenta hacia el sillón. La empleada se aclara la voz un par de veces, Irene la mira y ella hace gestos sobre la bandeja de masas. Irene grita – Petunia…- Un pequinés sale debajo del sillón del living, tapado de polvo y telarañas, Irene le tira la masita. El perro la traga en el aire. Antes de que pase un minuto empieza a quejarse, se echa al piso, tiene la panza hinchada, vomita un poco y se muere. Irene se tira sobre el sillón. – Ni las masitas sirven pero que mierda…- mira al perro con su panza peluda hacia arriba sobre la que ya se posó una mosca. – Natalia…- La empleada detiene el ruido de platos en la cocina y se asoma. – Cuando te vayas…- Irene cabecea hacia lo que fue su pequinés.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola comienzo mis comentarios sobre tus escritos.

Esta lindo se deja leer y sobre todo lograr lo que vos querías que era sorprender al lector. Esta muy bien descripto es mas podría convertirse en un lindo corto fílmico de esos que dan a horarios extraños en los canales de cine.

Pobre Petunia aunque se lo merece por ser un pequinés, y también por que ningún perro es libre de pecado.
-____-

Bay!