martes, 19 de diciembre de 2006

Papelitos

Era muy común que llegara tarde porque prefería no cruzarse con el cliente anterior. No porque necesitara creer que era el único. Pero igual no era agradable. Era mejor pensar que era tan importante que ella se dedicaba a esperarlo toda la tarde y entonces a eso de las siete cuando salía del trabajo perdía un poco el tiempo en el café de enfrente y después entraba. Las chicas lo conocían desde hace un montón y se llevaba bien con todas pero no había estado con ninguna. No le gustaba la sensación de poder reemplazarlas una con otra así que desde que empezó no había cambiado.
Igual todas le pedían plata lo veían entrar y empezaban a seguirlo por todos los sillones de la salita hablándole del nene que se había resfriado, que no tenía útiles escolares. A veces del marido que no tenía trabajo. Y él las aconsejaba. Les decía que buscaran otra pareja, que buscaran otra vida. Les hablaba desde su propia experiencia, de su propia incapacidad para hacer lo que decía. Las chicas hacían caso y por ratos cambiaban. Pero siempre volvían y el se ponía contento de eso también porque así tenia con quien charlar.
Ella siempre ese hacia esperar un rato, aunque estuviese sola. Las mujeres siempre se hacen esperar así que a él no le molestaba.
Cuando lo llamaba y el se levantaba, la chica con la que estaba hablando ponía unos ojitos acuosos y extraños que parecían fuera de su rostro y entonces él le pasaba algo de plata.
La chica agradecía apurada y se iba detrás de algún otro. Él subía la escalera. Pero a ella no le pagaba así. No le podía dar la plata en la mano como a sus amigas. Ella no ponía esos ojos pero de todos modos el jamás le habría dado la plata. Porque la plata sola era despectiva. Como si ese tiempo que ella había gastado en prepararse no valiera nada. Entonces él prefería dejar la plata en la mesita de mimbre al lado de la puerta. No dejaba el dinero así nomás. Con cada billete hacía un barquito, de esos simples que enseñan a hacer las maestras en la primaria. Y los dejaba todos acomodados sobre el vidrio que simulaba un océano un poco turbio. Y se iba. Ella después recogería los barquitos y los desdoblaría para guardar la plata, pero cuando el ya no estaba.
Como cualquier día el se demoró en el café y después se cruzo al zaguán medio abandonado. En la puerta una de las chicas le hacia señas. Él supuso que se trataría de ella, sino no iba a salir a hacerle señas. Así que apresuro el paso. Le contaron que se había desmayado, estaban esperando a la ambulancia, pero no les hacían caso, ya era la tercera vez que llamaban. Ella tomaba pastillas pero, claro ninguna sabe de que. Además hace mucho que no comía bien.
La ambulancia finalmente llega y los médicos con un asco bastante visible detrás de los anteojos, cargan a la enferma en la camilla. Dicen que no hay de preocuparse, seguro que para ellos no hay de que preocuparse.
Cuando se van, él sube igual, como si nada. Empieza a buscar las pastillas que una de las chicas mencionó, aunque no cree que sea cierto, siempre dicen lo mismo.
Abre el cajón de la mesa de luz, las cajas de zapatos. Se va derecho al armario frente a la cama abre una de las puertas y llueven sobre él barquitos. Muchos barquitos hechos de papel, algunos hechos con billetes fuera de circulación. Todos los barquitos que él había hecho.
Pero no encuentra las pastillas, así que se va, amontona todos los barquitos sobre la cama y se despide de las chicas que le dicen que lo van a mantener al tanto.
Sale a la calle contento, es una buena noticia que ella no este tomando nada. Hace un par de cuadras y pasa delante de una librería, una de esas de barrio que viven de oferta y a punto de cerrar. Entonces se le ocurre que quizás lo mejor es el cambio.
Entra confiado y compra un manual básico de origami.

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