martes, 12 de diciembre de 2006

Higos


Benedicta se mira al espejo.
Bajo su piel relucían las venas azules, las varices violáceas y las hematomas ligeras. Su cuerpo (ella lo sabía) era desagradable, como un mantel con manchas de vino. Y en un circulo vicioso pellizcaba su piel para darle color y las marcas verdosas cubrían las rojeces.
Sin embargo no hay debilidad en sus manos, ni en sus brazos, ni en sus piernas. Su fragilidad estética es el encanto del que carece en todo otro sentido. Sus ojos son opacos y las mejillas cubiertas por un rubor seco robado al vapor de las ollas en las vigilias. En tanto el atractivo permanece en el dulce y de la confitura, perfumado con canela o limón, o con sus propias esencias, coloridos y espesos con semillas duras y dulzonas y cáscaras amargas.
Todos ellos creados desde el primer brote con las frutas que crecen en su propio fondo. Mientras se ahoga en la cocina con el vaho a manzana.
Se ha convertido sin previo aviso en la soltera del barrio, dueña de una casa que no llenará nunca y decide sabiamente poner piezas en alquiler, para mujeres únicamente, los hombres son desordenados y desconsiderados y no se atrevería a meterlos en la casa.
A la semana llega una mujer relativamente joven que busca instalarse rápidamente. Viene del interior de la provincia huyendo del aburrimiento, con pocas pertenencias, comenta su voluntad de trabajar en lo que sea.
Su situación desprotegida enternece a Benedicta y la contrata de ayudante, después de todo se acercan las fiestas y entre la cosecha de verano y los encargos nunca le alcanza con dos manos.
Tamara resulta ser muy buena ayudante y sabe hacerse indispensable. Ha crecido entre ellas una relación sin palabras basada en un malentendido inconfesable.
Debido a las guardias alrededor de la hornalla se acostumbran a cenar juntas y a mantenerse despiertas charlando entre cafés los pocos acontecimientos entretenidos de sus vidas.
Tamara la aguijonea constantemente con preguntas, se niega a creer que jamás haya amado a nadie o nada, siquiera un gato.
- Para amar hacen falta dos y es difícil que alguien pueda tomar cariño aun cadáver cubierto de marcas y manchas.-
Desconfiada pellizca a Benedicta y ve como pronto aflora una estrella amarillenta.
- Sos parecida a un a breva, toda blanca, con vetas lilas y un centro carnoso, rojo intenso donde descansan las semillas. No hay mejor carne que la del higo, además de ser deliciosa es perfumada. –
Ella dejó de revolver y apagó la hornalla el reloj daba las tres y no solían quedarse hasta tan tarde. Subió a acostarse sin sacarse el delantal.
Tamara lavó los frascos y cucharas para no atraer a las moscas. Se derrumbó sobre su cama y miró el techo un buen rato hasta que vencida por el silencio se durmió.
Un crujido de madera vieja y carcomida la despertó, delante de la cama estaba Benedicta y la luz infiltrada de la luna acentuaba la palidez de su cuerpo, su figura se extendía lánguida desde el suelo. Alzo los brazos.
- ¿No soy un cadáver?-
- No, ... sos un cielo inmenso de mariposas oscuras.-
Pero el perfume de la fruta se diluyó en le aire cargado de expectativas. Las semillas eran mas de las necesarias y producían esa espuma amarga pegajosa que cuesta despegar de los bordes. Por eso llegó el día en que Tamara con poco mas de lo que había traído al llegar se paró ante la cocina con su ropa de viaje.
Benedicta estuvo tentada de estrangularla, pero no soltó la cuchara.
- Voy a volver para el verano que viene, así te ayudo. Total durante el año no hay tanto trabajo.-
Caminó hasta la puerta esperando que Benedicta la siguiera. Desde el umbral repitió.
- En invierno y otoño no me vas a necesitar.-
- No, es verdad. No hay durazno, ni pera, ni mango. Solo hay naranjas amargas y para eso no necesito tu ayuda.-
Con puntería el frasco se estrelló contra la puerta cerrada regando previamente el dulce de higos viscoso y humeante sobre la alfombra.

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